Home » Cadena Exclusiva » Paulina Álvarez, La Emperatriz del Danzonete

Paulina Álvarez, La Emperatriz del Danzonete

Share on Facebook
Post to Google Buzz
Bookmark this on Yahoo Bookmark
Bookmark this on Livedoor Clip
Share on FriendFeed

Raimunda Paula Peña Álvarez, es decir, la gran Paulina Álvarez, quien fuera reconocida por el público como La Emperatriz del Danzonete nació en Cienfuegos, el 29 de junio de 1912 ―o sea,  en este verano estaremos celebrando su centenario― y muy joven se trasladó a La Habana, donde tuvo la oportunidad de estudiar solfeo, teoría, piano, guitarra y canto en el entonces Conservatorio Municipal de Música de La Habana.

Mujer carismática, elegante y con recia voluntad, antes de los veinte años ya cantaba en una orquesta nombrada 2PC y a los diecinueve, en 1931, su voz  se difundía por radio con la Orquesta Elegante, bajo la dirección de Edelmiro Pérez en la CMCJ. Fue en esta orquesta que se desarrolló profesionalmente, cantando varios géneros, como era común en los cantantes de aquella época de variado repertorio en las orquestas.

Sus versiones de la famosa Lágrimas Negras de Miguel Matamoros y Mujer Divina de Agustín Lara fueron de gran aceptación por el público, pero tuvo la suerte de incorporar a su repertorio una pieza que la marcaría para siempre: Rompiendo la rutina, de Aniceto Díaz que se había estrenado en Matanzas el 8 de junio de 1929, cantada realmente por Arturo Aguiló en su estreno y valga la aclaración, porque he oído a algunas personas expresar que fue Paulina quien lo estrenó, cuando en realidad la pieza de Aniceto Díaz, dedicada al maestro Gonzalo Roig, fue estrenada por Aguiló, pero Paulina, con su gracia y dotes excepcionales la hizo suya, al punto, que desde los años treinta no dejó de cantarla hasta la década de los 60, cuando falleció.

La Habana, elegante y gentil al mismo tiempo que sórdida y sombría para abrirse paso en el mundo de la música y más siendo una mujer, tuvo en Paulina a una luchadora ejemplar, que cantó en varias orquestas con su voz clara y su excelencia como intérprete. Incluso y por suerte para nosotros quedan muestras de gran valor de su actividad en aquella época, como el disco ―hoy antológico― La Dama y El Caballero que grabara junto a Joseíto Fernández, con canciones que fueron éxito entre 1935 y 1938. Paulina cantó con las orquestas de Ernesto Muñoz, Cheo Belén Puig, Hermanos Martínez y sobre todo en la de Neno González, donde permaneció varios años, hasta que demuestra su carácter e iniciativa y en 1938 funda su propia orquesta, pasando a ser la primera mujer que realizaba tal hazaña con una orquesta enteramente de hombres, ya que Anacaona se fundó como una orquesta familiar en 1932 con las hermanas Castro como inmensa mayoría en todas sus etapas iniciales, aunque formaron con ellas hombres ilustres, en calidad de músicos como Félix Chappottín y asesores, como Lázaro Herrera y Pancho González.

Paulina Álvarez, La Emperatriz del Danzonete. Foto tomada de Internet

Paulina se impuso gracias a su prestigio en un mundo de empresarios que para nada podían considerarse de suaves, todo lo contrario, su presencia en bailes, la radio y otros escenarios, se hizo habitual y gracias a su reconocimiento por parte de público y crítica logró salir adelante. Fue la primera orquesta de música popular bailable que dio un concierto en el exclusivo Teatro Auditórium, hoy Amadeo Roldán.

En los inicios de la década del cuarenta, rehizo su orquesta de nuevo, poniendo de director al violinista Luis Armando Ortega, con nombres como el del gran Rubén González en el piano y el legendario José Antonio Fajardo en la flauta y Paulina prosiguió su carrera, llegando a tener un programa en CMQ en 1943 y siguió en el difícil mundo de la competencia entre orquestas bailables, hasta que decide retirarse ya en la década del 50, con menos de cuarenta años y en la flor de la vida.

A pesar de un evidente salto de popularidad de las orquestas bailables en los años 50, es notable el retiro de algunos artistas que al parecer, no pudieron con la nueva ola de agrupaciones que encontraron cabida en programas de televisión y radio, y el manejo eficiente de nuevos empresarios con el desarrollo acelerado del floreciente negocio discográfico.

Llama la atención el retiro del Monarca del Danzón, Antonio Arcaño en 1958 con solo 47 años de edad y se entiende ―en el caso del danzón y el danzonete― que cedieran el trono a ritmos y modalidades nuevas, ¿pero hasta el punto de retirarse?

Ya había pasado con el famoso Septeto Nacional, que desaparece prácticamente en 1937, cuando comienza con más fuerza el empuje de las sonoras y conjuntos y así se aleja de los escenarios en 1935, Ignacio Piñeiro ―nacido en 1888― cuando solo tenía 47 años de edad.

Claro, que cuando no hay método, ni un trabajo riguroso para la permanencia de un artista en el favor del público, todo el mundo está a merced del factor más poderoso… y más caprichoso: La Suerte.  En los años 50, según nos cuenta el maestro Cristóbal Díaz Ayala, el gran sonero Abelardo Barroso, nacido en 1905 y ya venido a menos ante los jóvenes que formaban el nutrido ramo de cantantes de orquestas, aunque en plenitud de facultades, trabajaba como tumbador de la Orquesta Sans Souci, que dirigía el maestro Rafael Ortega y tuvo la suerte de que una noche estuviera Jesús Gorís, el dueño de Puchito, una exitosa firma disquera, quien lo reconoció y le propuso, alegre por el encuentro, grabar a este cantante que había debutado con éxito en los sextetos de los años veinte, con una orquesta de los años 50, La Sensación de Rolando Valdés y lo demás ya es historia, fue una combinación perfecta, que resucitó a Barroso con cincuenta y tantos años, en el último inning y con dos outs.

La competencia en la preferencia del público puede ser dura y cruel, sobre todo si no hay una conciencia y una labor cultural que respalde y dignifique el mercado. El agradecimiento a las grandes figuras de antaño, que aportaron a nuestra forma de hacer música y/o nos entretuvieron con sus actuaciones formidables, es misión de las instituciones oficiales, aunque por un problema elemental de conciencia ciudadana, es muy bueno para todos que dueños o encargados de empresas que tienen que ver con el mecanismo de la cultura comercial, por llamarla de alguna forma, coincidan con la intención de resaltar y honrar los valores nacionales en cualquier rama que valga la pena respetar y tener en cuenta.

Un ejemplo de ello es un hombre, que a mi humilde parecer, no se le ha reconocido lo suficiente, porque no conozco a otro promotor musical tan enaltecedor de nuestros valores más genuinos como él: Odilio Urfé.

Perteneciente a una familia de músicos ilustres, el maestro Odilio Urfé nació en Madruga, La Habana, el 18 de septiembre de 1921 y comenzó sus estudios musicales con sus padres, Leonor González y José Urfé. Se graduó de piano en 1947, pero ya tocaba profesionalmente porque trabajaba como pianista en la Orquesta Ideal.

Tocó flauta en la Banda Municipal de Música de Madruga y con la orquesta de Cheo Belén Puig, aunque alternaba con la Orquesta Gris, de Armando Valdés Torres y actuaba como pianista con la orquesta de cámara del Conservatorio Municipal de La Habana.

No obstante, estas múltiples ocupaciones, Odilio Urfé halló el tiempo para dedicarse a la investigación y realización de numerosos proyectos. El 19 de octubre de 1949, creó el Instituto de Investigaciones Folclóricas, de relevante importancia para estudiar y conocer a profundidad nuestro inmenso patrimonio cultural, que mantuvo con esfuerzo y colaboración de un valioso grupo de músicos e investigadores cubanos y en 1963, pasa a ser una entidad estatal bajo el nombre de Seminario de Música Popular Cubana.

La cantidad de trabajos importantes que realizó Urfé, tanto en Cuba como en diversos países del mundo es sencillamente enorme, los eventos que organizó fueron excelentes sobre todo la creación y dirección del Festival Nacional de Música Popular Cubana, uno de los eventos más gratos que se han organizado sobre la música popular.

El triunfo de la Revolución, con la maravilla de aquella etapa llena de esperanzas, fue la oportunidad para Urfé, de plasmar los sueños que venía llevando a cabo contra viento y marea. Ya había logrado reunir al Septeto Nacional en 1954, cuando dirigía un programa de TV de nombre Música de Ayer y de Hoy y fue influencia definitiva para que se armara de nuevo el grupo en 1959 y fue en ese mismo año, que Urfé, con el concurso de Rodrigo Prats y la dirección musical de Gilberto Valdés, organiza la Gran Orquesta Típica Nacional, formada por sesenta danzoneros estrellas y logrando que volviera al escenario la gran Paulina Álvarez.

Gracias a Urfé pudimos volver a disfrutar a Paulina, su donaire, su saber cantar y elegancia. El público tuvo la oportunidad de reverenciar con el aplauso a una artista legítima, de las verdaderamente queridas hasta su última actuación en televisión, en el programa Música y Estrellas que dirigía Manolito Rifat, el 18 de mayo de 1965.

La Emperatriz del Danzonete falleció el 22 de julio de ese mismo año (1965), a la edad de 53 años acompañada del aplauso y el cariño de su pueblo.Lamentablemente no existen muchos materiales sobre estas figuras emblemáticas de la cultura cubana, como se debiera, aunque algo hemos podido ver por televisión.

Pero no tuvimos suerte con la mentalidad de la mayoría de funcionarios, que han tenido responsabilidad sobre los archivos de la televisión cubana y una gran cantidad de los materiales acerca de nuestra historia musical, que hoy pueden considerarse tesoros, los cuales se han echado a perder en las bóvedas mal cuidadas del ICRT, además de la falta de cuidado y previsión de preservar el contenido de cientos de cintas en cada cambio de tecnología (de dos pulgadas a U-Matic, de U-matic a Betacam, etc.) pero lo que se ha podido salvar nos queda como testimonio de estos grandes, orgullo nacional de los que siempre hay algo que aprender, como la gran Paulina Álvarez.

Por Tony Pinelli

Dejar un comentario