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Terpsícore juguetea entre las páginas de Carpentier

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De plata los delgados cuchillos, los finos tenedores; de plata los platos donde un árbol de plata labrada en la concavidad de sus platas recogía el jugo de los asados…

Nos parece la letra de una canción, la sonora poesía satura de ritmo nuestros sentidos pero no es texto de un pentagrama. Es el comienzo de “Concierto Barroco”, la afamada novela de Alejo Carpentier, que describe la Venecia musical de comienzos del siglo XVIII, basada en el Moctezuma de Vivaldi.

Su pasión por lo clásico no excede su admiración por los ritmos populares. “Ecue-Yamba-O”, describe de manera magistral la música popular cubana asociada a los ritos y  prácticas religiosas ancestrales. El gran maestro no se conforma con hacer de ella el tema central de sus muchas obras. Logra como nadie, como nunca, reproducir las formas musicales convencionales entre sus líneas.

Alejo Carpentier

Alejo Carpentier. Foto Internet

La sonata, el rondó, las variaciones y otras estructuras formales engrandecen  la “Consagración de la Primavera”. Se materializan en constantes repeticiones,  retornos de temas, campos semánticos y en la repetición insistente de varias palabras. El profesor Camilo Rubén Fernández expresó admirado: En Carpentier, los significantes cumplen la función de ser notas que se anidan en los pentagramas.

Sus mejores amigos no fueron escritores, se le veía en La Habana en compañía de Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla, en Brasil con Heitor Villa-Lobos y en Europa junto a Edgar Varese, y Darius Milhaud, ilustres compositores de su generación.

Exiliado en París, se las arregló para presentar a la crítica y la intelectualidad francesa los fragores del son y la rumba. Introdujo a Eliseo Grenet en La Coupole y testimonió el triunfo de El manisero, de Simmons. Disfrutó las tempranas tendencias jazzísticas de Emilio Barreto y Julio Cueva. Ponderó los boleros inigualables de Sindo Garay.

La anticipación carpenteriana también merece ser exaltada. En los tempranos sesenta, cuando regresó de Caracas para sumarse al turbión revolucionario, solía auspiciar audiciones con las novedades de Pierre Boulez y Karlheinz Stockhausen que abrieron a los nuevos compositores cubanos la ruta de los procedimientos electroacústicos. Ciertamente, el gran logro del Carpentier musicólogo fue la conservación de la identidad americana y su inserción en la universalidad contemporánea; su gran obsesión, el contrapunto entre la tradición y la novedad.

Alejo Carpentier no es solamente un genio literario.

Entre sus páginas escuchamos el compás de un ritmo misterioso que nos descubre el jugueteo de Terpsícore, la musa griega de la música.

Por Leticia Guerra Quesada

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