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Cubanía de Ignacio Cervantes

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Ignacio Cervantes (1847-1905) ocupa un lugar de oro en la música cubana. Alejo Carpentier no vaciló en calificarlo como el músico más importante de nuestro siglo XIX. “Nadie, dice el autor de Los pasos perdidos, pudo situarse más alto que él en lo que se refiere a la solidez del oficio y a su buen gusto que se manifiesta incluso en sus obras menores”.

Estudió en La Habana con Nicolás Ruiz Espadero, “el profesor más caro y mejor considerado de entonces”, y a los 18 años matriculó en el Conservatorio Imperial de París, ciudad en la que alcanzaría no pocos lauros. Era un músico de formación francesa y tuvo buena amistad con compositores como Liszt y Rossini, que lo admitió en su círculo más íntimo y lo invitaba a su mesa pantagruélica. Un pianista como Paderewsky lo admiraba sin reservas.

Ignacio Cervantes

Ignacio Cervantes. Foto Internet

En cierta ocasión, en la casa de Rossini, que vivió en París desde 1829 hasta su muerte, en 1868, el autor de El barbero de Sevilla y Tancredo pidió al cubano que lo acompañara a una habitación privada. Creyó Cervantes que el maestro italiano le mostraría alguna partitura –Rossini no escribió ninguna ópera durante los últimos 40 años de su vida- cuando para  su sorpresa vio abrirse de golpe un armario gigantesco donde colgaba, con cuidado, una impresionante colección de pelucas. En prueba de confianza,  expresó Rossini: “Son las que he usado durante toda mi vida, pero no se lo cuente a nadie”.

Se asegura que poco después de su regreso a Cuba un desconocido le llevó una composición manuscrita para que eliminara lo que estimara superfluo. Cervantes, con un lápiz rojo implacable, estampó al margen del papel pautado acotaciones demoledoras. Después de devuelta la obra, supo que su autor era Ruiz Espadero, su antiguo maestro, que no le perdonó nunca el percance, pese a las ya inútiles satisfacciones que Cervantes trató de darle. Sin embargo,  en sus últimos años Espadero reconoció en varias ocasiones que su discípulo, como pianista, era “un bárbaro”, en el sentido criollamente laudatorio del término.

En 1875, las autoridades coloniales españolas supieron que el dinero que recaudaba Cervantes en sus conciertos llegaba a manos de los insurgentes cubanos, alzados en armas contra España desde 1868. El compositor se vio obligado a emigrar. Vivió cuatro años en Estados Unidos. Regresó a Cuba y, al estallar de nuevo la guerra en 1895, se fue a México, donde el dictador Porfirio Díaz lo protegió generosamente. En 1900 estaba de vuelta en La Habana. Dos años después haría su último viaje al exterior, como “Embajador de la Música Cubana” a la Exposición de Charleston.

La influencia de Mendelssohn es visible en algunas de sus páginas; también, señala la crítica, las de Chabrier, Saint-Saens y Arensky. Y Chopin, por supuesto.

Dentro de su obra sobresale la zarzuela El submarino Peral y la Sinfonía en Do. Su Scherzo capriccioso (1886) está considerada como la partitura más finamente orquestada de todo el siglo XIX cubano. Dejó una ópera inconclusa, Maledetto.

Pero ninguna de esas piezas es comparable con sus Danzas para piano. Llegan hasta hoy como expresión de una síntesis sutil y finísima de cubanía con el mejor piano romántico. “Su riqueza armónica e increíble capacidad de modulación se equilibran perfectamente con lo que tienen de más legítimamente cubano”, expresa  el maestro José Ardévol. Son estas Danzas lo más conocido y justipreciado de la producción de Ignacio Cervantes que, paradójicamente,  apenas las tomó en cuenta, creyéndolas páginas de poca importancia con relación al resto de su obra.

Cervantes tuvo 14 hijos, con los que aspiraba, decía, a formar toda una orquesta.

Murió, afirma Alejo Carpentier, “a consecuencia de un extraño reblandecimiento de la masa encefálica, con perforación de la bóveda craneana, causado, según opinión de algunos médicos, por su raro hábito de escribir música, a altas horas de la noche, en una oscuridad casi completa”.

Por Ciro Bianchi Ross

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