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¿De dónde son los cantantes?

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Mamá, ¿de dónde son los cantantes?

Esta pregunta a recorrido el mundo en voces de músicos cubanos y foráneos, ha devenido dicho popular y título de libros. Es una estrofa del famoso “Son de la loma”, compuesto por Miguel Matamoros, allá por el año 1922.

Miguel Matamaros

Miguel Matamaros. Foto archivo de Internet

Pero resulta curioso que la interrogante no surgió del célebre trovador, sino de una niña pequeña que asistió a una de sus serenatas.  Esta es la historia real del son más popular de Matamoros.

No había creado todavía el Trío  con el que viajó a La Habana dos años más tarde y hacía un dúo ocasional con su pariente Alfonso del Río. En una noche  de parranda  fueron a cantarle a una amiga que cumplía años.

Los sorprendió la madrugada en plena serenata,  cantando en una casa de la calle Trocha esquina a  San Pedro, por supuesto, en Santiago de Cuba. Aquel auditorio casual y extasiado no quería despedir a los buenos trovadores  y en el silencio de la noche la voz potente de Miguel, unida a las bien timbradas cuerdas de su guitarra, se proyectaban con fuerza por las casas vecinas. Tanto que despertaron a una niña en la vivienda del al lado, quien le pidió a su mamá que la llevara a escuchar las canciones. La madre no se hizo de rogar, y fueron las dos a disfrutar de aquellas prodigiosas voces que repartían  guarachas y boleros.

La nena, curiosa preguntó: Mamá, ¿de dónde son los cantantes? Y entonces Miguel, le contestó entonando: Son de la loma y cantan en llano… Alfonso del Río, haciéndole la voz segunda, y a manera de estribillo, improvisó: Mamá ¿de dónde son los cantantes?

Y así los  presentes comenzaron a cantar: Son de la loma y cantan en llano.

Entonces Miguel continuó:

Mamá yo quiero saber

De dónde son los cantantes

Que los encuentro muy galantes

y los quiero conocer

con sus trovas fascinantes

que me las quiero aprender.

Así, por la curiosidad de un chiquilla somnolienta,  nació uno de los sones cubanos más famosos y también el más célebre de todos los que compuso el genial Miguel Matamoros.

Por Leticia Guerra Quesada

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