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Brindis de Salas: El rey de las octavas

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Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido (La Habana, 1852 – Buenos Aires, 1911), fue un virtuoso del violín. Triunfó en los salones más distinguidos de América y Europa y sin embargo, murió en la miseria, pero no en el olvido.

Investigadores, historiadores y biógrafos han hurgado en la intensa vida del músico, con dotes excepcionales para tocar el  más pequeño de los instrumentos de cuerda, y cuya destreza mostró en las más importantes salas de conciertos del mundo como París, Berlín, Londres, Madrid, Milán, Florencia, San Petersburgo, Viena, México, Buenos Aires.

Brindis de Salas

Brindis de Salas. Foto tomada de Internet

El virtuosismo de Brindis de Salas puede estimarse con sólo conocer que recibió condecoraciones de varios monarcas europeos: la Cruz de Carlos III del Rey de España; la Orden del Cristo del Rey de Portugal; en Alemania el emperador lo nombro Barón de Salas, y en Francia fue condecorado con la Orden de la Cruz del Águila Negra y la Legión de Honor.

En las tres últimas décadas del siglo XIX, el  bautizado “Paganini negro” por los italianos, dejó sus huellas en América, pese a los prejuicios raciales que tuvo que enfrentar.

Esta figura del arte musical comenzó desde muy temprana edad sus estudios de violín bajo la batuta de su padre y maestro, Claudio  Brindis de Salas, quién cultivó las excepcionales dotes del futuro artista.

El camino de la fama lo inició a los 11 años, el 18 de diciembre de 1863, en su primer concierto en El Liceo de La Habana en el que tomó parte, entre otros, el eminente pianista cubano Ignacio Cervantes.

El pequeño artista que luego fue llamado “El rey de las octavas”, interpretó varias obras de maestros internacionales de renombre e incluso una pieza compuesta por él, su primer trabajo autoral creado a la edad de ocho años: la danza “La Simpatizadora”.

No caben dudas que para la época en que vivió este artista cubano fue un privilegiado. Para su desarrollo recibió un caudal de conocimientos del destacado maestro José Redondo, más tarde el apoyo del experimentado belga Van der Gutch, quien le proporcionaría la guía efectiva y segura que lo situaría en 1869 en las puertas del Conservatorio de París, de sólida tradición en la formación de los más virtuosos de la época.

En 1870 tras finalizar una beca en la “Ciudad luz”, Brindis de Salas ganó el primer premio de violín en ese destacadísimo centro, galardón con el cual inició una brillante y vertiginosa carrera de concertista despertando invariablemente el mayor entusiasmo del público y de la crítica en general.

La vida pletórica de éxitos del notable músico cubano fue reflejada por la prensa de la época como consta en citas de investigadores, musicólogos e historiadores.  Por ejemplo, el diario “Le Temps” escribió que “nadie como Brindis de Salas, sabe apoderarse de su auditorio y dominarlo tan completamente”.

En Florencia la publicación “Courriere Italiano” expresó: “… el joven negro maravilló y llenó de entusiasmo al auditorio. Es violinista de actividad admirable, tiene un portamento de arco ligerísimo y al mismo tiempo una energía que lleva impreso el ímpetu, característico de su raza. Siente, y siente con una pasión que le chispea en las pupilas, que son de una expresión electrizante”.

Después de siete años de continuas presentaciones en Europa, regresó a América en 1875, esta vez con el título honorífico de Director del Conservatorio de Haití, recorrió la América Central y Venezuela. Caracas le abrió sus puertas, dijo el compositor y músico venezolano Rházes Hernández López.

El  distinguido concertista vivió el éxito y la gloria durante más de 20 años en las más importantes capitales de Europa, en México y  Argentina, donde tuvo una de las mayores conquistas de su vida, en Venezuela y Haití, y en su patria, durante la gira de 1877, donde se vio admirado y respetado por lo más ilustre de aquella sociedad todavía esclavista.

Se presentó en los habaneros teatros Tacón y Payret, y en el prestigioso salón de los altos del restaurante El Louvre acompañado por su antiguo maestro, José Vander Gucht. En los programas Brindis incluía obras del maestro cubano José White, entre ellas “La bella cubana”.

Cuenta el poeta Nicolás Guillen en una crónica que durante ese recorrido por Cuba el conductor de un tren pretendió echarle de un vagón de primera clase por ser negro, pero los otros pasajeros se opusieron a ello argumentando que se trataba nada menos que del gran artista Brindis de Salas.

Otra anécdota, también narrada por Guillen, describe que a la salida de uno de sus memorables conciertos Brindis de Salas entró con varios amigos blancos en uno de los cafés más exclusivos de la ciudad, cada uno pidió lo que tomaría, pero…, cuando lo hizo el gran intérprete, el dependiente, que no le conocía, advirtió: “Yo no sirvo sino a los caballeros, no a los negros”.

Brindis se irguió – continúa Guillén la historia- y ya en pie se llevó la mano a la solapa del frac y señalando un botón rojo que llevaba en ella exclamó: “¡Pues yo soy Caballero de la Legión de Honor (otorgada por Francia) y no hay aquí tal vez ninguno que pueda decir lo mismo!”.

En 1889 volvió a Europa, donde invariablemente obtenía gran éxito, aunque la crítica musical no le era siempre favorable y repetidamente se quejaba de su énfasis en pasajes de difícil ejecución y de su repertorio efectista. Pero hasta los más críticos reconocían su dominio del público, que lo ovacionaba con pasión.

Los estudiosos apuntan que su gira de conciertos por Cuba en 1900 devino un fracaso y a partir de aquí su vida artística fue resultando menos exitosa, aunque continúo de trotamundo y concertista hasta que llegó a Buenos Aires a bordo del vapor Patricio de Satrústegui el 25 de mayo de 1911, procedente de España donde había dado su último concierto en el teatro Espinal, en Ronda.

Solo, deshecho y tísico, se hospedó en una pobre posada de la calle Sarmiento número 357 y a nadie dijo su nombre. A los dos días se mudó a otra tan pobre como la primera, la posada Aire dei vini, en el Paseo de Julio 294. De allí salió en coma el 31 de mayo rumbo a la Asistencia Pública. Según consta, para atenderle tuvieron que quitarle los harapos que vestía.

En los bolsillos había un pasaporte alemán y un programa de concierto (recortes de periódicos reseñando sus éxitos del pasado en Buenos Aires). El pasaporte decía: Caballero de Brindis, Barón de Salas.

El “Paganini negro” murió en la madrugada del 2 de junio de 1911. Sus restos mortales fueron  depositados en una fosa de pobres en el Cementerio del Oeste de esa capital gracias a la preocupación  de personas que lo admiraban, quienes así evitaron que se perdieran en un osario común.

El 26 de mayo del 1930  llegaba a La Habana la urna conteniendo las cenizas de Brindis de Salas, considerado el mejor violinista de su época, y fue depositada en el Panteón de la Sociedad de Músicos en la necrópolis de Colón. Actualmente se encuentra en la Iglesia de Paula devenida en Sala de conciertos, en La Habana Colonial.

Por Nancy Lescaille

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