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La música popular cubana y el patrimonio cultural

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Los amigos que me conocen y que como yo disfrutan de la rumba, sabrán que he sido, sobre todo desde hace los más de cincuenta años que vivo en La Habana, un permanente admirador de la rumba cubana. Esto es, del yambú, el guaguancó y la columbia. Lo conoce Eloy Machado, “el Ambia”, quien sabe que he sido siempre un integrante de ese círculo de los más íntimos seguidores de su peña de los miércoles en el Hurón Azul, ese grupo que él llama, haciéndole honor a sus orígenes de barrio, “La comparsa”.

El Son

El Son. Foto tomada de Cubarte

Pero me recuerdo  frente al viejo Gato Tuerto de los tiempos de Felito Ayón, en el muro de la calle O entre 17 y 19, cantando infinitas rumbas ―guaguancó y columbia― con Rogelio Martínez Furé, recordando rumbas de la cárcel y los prostíbulos, de los solares y del ambiente, o de la lucha popular por la Revolución.

Pero las rumbas más populares, especialmente las de asunto amoroso, las aprendí con mi amigo el negro Manolo Rojas, que después ha sido otras cosas más importantes, pero que allá por los años sesenta era chofer en la revista Mella, cuando era ya el órgano de la Asociación de Jóvenes Rebeldes, la precursora de la UJC, y nos sentábamos en el taller de la publicación, Manolo y yo, a cantar rumbas.

Una de ellas definía en dos palabras a la mujer hermosa, voluptuosa, pero en la que no se podía confiar demasiado:

Adios, pérfida mujer,
volumen sin fundamento.

O aquella que lanzaba un terrible auspicio contra la que lo había traicionado o abandonado, que para los valores del macho rumbero era lo mismo:

Oye, mujer
quisiera verte encendida,
prendida de llama, ardiendo,
verte en la calle corriendo
mientras te dure la vida;

y si tú no mueres quemada

porque ese no es tu destino

que en las garras de una fiera

tú hagas tu liquidación

o que te coma un león,

un lobo o una pantera.

¿Por qué insospechada razón, por cuál dictado el autor de esos versos marginales escogió las tres mismas fieras que el medieval florentino Dante Alighieri en el Inferno de su Divina Comedia? Son misterios de la rumba que he perseguido por sus muchas veces insólitos textos y disfrutado toda mi vida, y esto lo escribo para que a nadie se le ocurra pensar que no la aprecio en todo lo que vale.

La rumba que se ha originado en el occidente de la Isla y que ha irradiado hacia todo el país, es un patrimonio de Cuba.

Ahora, mi gran amigo Ciro Benemelis, presidente de Cubadisco, ha anunciado que el repentismo ―género de nuestra música campesina―, será próximamente reconocido como patrimonio cultural cubano, del mismo modo que lo ha sido la rumba. Y ya no puedo más que preguntarme: ¿alguien puede explicar quién ha sepultado en el olvido al son cubano?

Me parece francamente inconcebible que cualquier género de nuestra música popular se reconozca como patrimonio cultural nuestro antes que el son. El son es la perfecta integración de los elementos constitutivos de la identidad nacional. Aparece en la segunda mitad del siglo XIX, a la par con nuestras guerras independentistas, cuando cuaja definitivamente la nación cubana.

El son, cuyos orígenes musicales se afirman en la cultura bantú, es el perfecto equilibrio de lo africano con la melodía y la versificación españolas: es nuestro género mulato, tan mulato como lo es Cuba. Si Cuba es la fusión de lo blanco español y lo negro africano, el son es en la música, el más exacto equilibrio de nuestras dos principales raíces.

No es para nada casual que la popularidad del son irrumpiera con enorme fuerza a la altura de las primeras décadas del siglo XX; no es casual que en el ámbito del son actúen figuras esenciales de nuestra tradición musical popular: Miguel Matamoros, Ignacio Piñeiro, los integrantes del Sexteto Habanero, Eliseo Grenet, Rita Montaner, Arsenio Rodríguez, Marcelino Guerra, Bienvenido Julián Gutiérrez, el niño Rivera, Félix Chapottín, Miguelito Cuní, Roberto Faz, Compay Segundo, Lorenzo Hierrezuelo, Carlos Embale, Faustino Oramas, Benny More, Pablo Milanés, Pancho Amat, Adalberto Álvarez y Juan Formell. No es casual que el son sea el género convertido en poesía de la más alta jerarquía por Nicolás Guillén, ni que lo trabajen nuestros altos músicos cultos, como Amadeo Roldán, Alejandro García Caturla o Leo Brouwer. Del son han sido antecedentes o derivaciones, fenómenos esenciales de nuestra cultura musical como el changüí, el nengón, el sucusucu, la guaracha, el mambo, el songo, la salsa y la timba. El danzón no estuvo completo hasta que integró el son en su montuno, con El bombín de Barreto, de José Urfé.

Con todo el respeto del mundo, el son merecía ser declarado patrimonio cultural cubano antes que la rumba, o como mínimo, a la vez.

Cuando declaren patrimonio cultural al repentismo, haciéndole un honor a nuestra música campesina, estarán desconociendo la zona de nuestros campos que se expresa en el son montuno. No reconocer al son me parece casi como una agresión a nuestra identidad nacional. Me gustaría escuchar la opinión de quienes deciden estas cosas, me atrevo  a decir que, al menos en este caso, sin la absoluta certeza que tales decisiones tienen que tener.

No hace mucho escuché decir a una persona, en un evento, que el son se deriva de la rumba, lo cual es enteramente falso, como se sabe.

En los espacios televisivos de Universidad para Todos, en los que yo mismo he tomado parte y que tan buenas ofertas han hecho para la formación cultural del pueblo, he visto desde hace meses incontables cursos de ajedrez. No discuto la importancia del juego ciencia y de que los cubanos aprendamos sus detalles e historia, porque el ajedrez nos dio una figura de la talla genial de Capablanca; pero un buen curso sobre la música popular cubana ―sobre todo en su dimensión cultural e histórica― me parece esencial que se difunda en ese espacio, para que el pueblo conozca el enorme valor que tienen sus tesoros, de los que disfruta, a veces sin conocer su real importancia y mucho menos su historia.

Por: Guillermo Rodríguez Rivera
Fuente: Boletín Ojeada
Tomado de Cubarte

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