Quizás para algunas personas resulte demasiado apresurado ofrecer un punto de vista de La Bienal de La Habana en su 11na edición. Sin embargo, para mi resulta obligado hablar de un evento que sin temor a equivocarme desde sus inicios ha roto todas las expectativas, por su originalidad, belleza estilística y nivel de convocatoria.
En ella globos, jaulas, carteles y tapetes tejidos, adquieren una connotación suigèneris y elementos comunes, intrascendentes e imperceptibles en otro contexto pasan a ser recursos .atractivos, símbolos, portadores de diversas temáticas, que de alguna manera reflejan aspectos inherentes a la cotidianeidad Capitalina.
Por otra parte un grupo de prácticas artísticas e imaginarios sociales en la actual Bienal, obligan al espectador a completar las piezas con sus hallazgos y recomendaciones, desde una perspectiva individual, marcada por la interioridad de cada cual y sus interpretaciones, en tanto otras muestran la posibilidad de encontrar nuevas experiencias materiales y espirituales.
Es alentadora la curiosidad expresada por el público, que en ola popular acude al malecón habanero, sitio de reunión nocturna por excelencia de los capitalinos, esta vez para reevaluar algunos fenómenos existenciales del hombre como ser humano, y apreciar el proyecto de esculturas efímeras en ese punto, límite y rostro de la ciudad, con ojos hacia el mar.
La bienal resurge una y otra vez a La Habana y en cada ocasión lo recurrente se torna novedoso, lo general particular y lo efímero perpetuo en un público cosmopolita, con doble rol, asistente y protagonista, directo de esta fiesta del arte contemporáneo, evocadora de nuestra historia, del desarrollo social e individual, de las tradiciones y del paso del tiempo.
Texto y Fotos: María Regla Figueroa Evans




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