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Soloni

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Pese a ser de los más recientes, Félix Soloni es de nuestros costumbristas menos recordados. Los libros de Eduardo Robreño se publicaron, como quien dice, ayer. Las crónicas de Emilio Roig se recogieron en libro, y hace un par de años apareció, compilada por Laidi Fernández de Juan, una colección de las Estampas, de Eladio Secades. Soloni no ha tenido esa suerte, como tampoco Federico Villoch (Viejas postales descoloridas) y Ramón A. Catalá (Del lejano ayer).

Félix Soloni, infatigable periodista, novelista  y traductor

Félix Soloni, infatigable periodista, novelista y traductor

Sin embargo, su columna La vieja Habana, que mantuvo hasta 1968 en el periódico El Mundo, le ganó sin reservas el favor y el agradecimiento de los lectores. Crónicas muy breves y, por lo general, brevísimas,   escritas con la prisa que impone el trabajo periodístico; puro hueso, en las que el autor de manera directa,  sin otra apoyatura que su memoria y sin preocuparse a veces de los detalles, abordaba  un hecho o un personaje de una Habana ya desaparecida, en el momento en que escribió,  o que estaba a punto de desaparecer.

Soloni se empeñó en rescatar el ambiente cubano en toda su obra. Sus novelas Mersé (1924) y Virulilla (1927) evidencian su acentuado criollismo, como también su cuento “La ponina”, suerte de copia fotostática de escenas de un solar habanero. En la misma cuerda está escrita otra novela suya, La bandolera que, llevada  al radio con el título de Tina Morejón, alcanzó un éxito resonante. Algunas de sus narraciones se adaptaron al teatro. De Mersé hizo Soloni, con música de Ernesto Lecuona, una versión para opereta, y para otra opereta del mismo compositor escribió el libreto de Al fin mujer, con la colaboración de Jesús J. López.

Aludimos a un hombre infatigable como periodista y traductor. No solo trabajó para el diario El Mundo; lo hizo asimismo para otras publicaciones habaneras como La Prensa, La Discusión, Mundial, Carteles, Selecta,  Bohemia… En 1932 fundó en esta capital la revista Noticias. Colaboró en Cine Mundial, de Estados Unidos. Precisamente en ese país pasaría una buena parte de su vida pues en Hollywood tradujo al español diálogos de películas y a partir de 1942 fue corresponsal en Nueva York del diario habanero El País y trabajó en el departamento latino de la International News Service.  Regresó a Cuba en 1959, al triunfo de la Revolución.

Un espacio  considerable, por su volumen, y nada desdeñable, por su calidad, ocupan las traducciones dentro de la obra de Félix Soloni. Se le calculan más de trescientas obras traducidas, muchas de ellas, ya en sus últimos años, para la Editorial Nacional de Cuba y el Instituto del Libro.

Yo también tenía algo olvidado a Soloni, pese a que lo conocí personalmente en el periódico El Mundo cuando él acaba su carrera y yo empezaba la mía. Lo rescato en la página de hoy porque el lector Blas Leiva, a quien no conozco personalmente, ha tenido la gentileza de hacerme llegar por correo postal, una buena y bonita colección de sus crónicas, que en su momento recortó del periódico aludido y guardó celosamente  durante más de cuarenta años.  Agradezco profundamente el gesto de Blas, colaborador habitual, por otra parte, del espacio televisivo Escriba y lea. Creo que la mejor manera de reciprocárselo es la de volver a airear algunos de esos textos, glosándolos o reproduciéndolos tal cual. Regalo de fin de año que el lector agradecerá.

SALGUEIRO

Fue el personaje más popular de La Habana a partir de 1926. Con su melena arbitraria, su sombrero pequeñísimo, su bastón, su andar rápido y su capa española, era una nota pintoresca en el extremo del Prado. Se llamaba Jesús Rodríguez Salgueiro y a bordo del vapor Órbita embarcó rumbo a Galicia, su región natal un día de abril de 1928.

Se decía el último descendiente de Cristóbal Colón e inventor de instrumentos tan raros como un submarino aéreo y un dirigible invisible e invulnerable. Jamás pidió un centavo. Aceptaba solo invitaciones de sus amigos y paseos en automóvil. Vivía de la caridad de algunos compatriotas que discretamente, sin humillarle, le mantenían y que finalmente lo embarcaron para Galicia, donde sus familiares lo recluyeron en un manicomio.

Pero fue difícil convencer a Salgueiro de que hiciera el viaje de retorno; no quería dejar La Habana. Hubo que  decirle que el rey, su amigo y pariente, según él, lo reclamaba. El cónsul español lo convocó y de manera formal comunicó a don Jesús Rodríguez Salgueiro, legítimo y único Duque de Veragua, que Su Majestad Alfonso XIII lo necesitaba para confiarle el Virreinato de Riff.

- Si es una cuestión de Estado, embarcaré  cuanto antes –dijo Salgueiro a sus amigos, que no sabían si reir o llorar-. Dejaré a Cuba, como recuerdo y prueba de gratitud, mi submarino aéreo. Dejo también amigos y enemigos…

EL POETA SUICIDA

La prensa habanera del 13 de mayo de 1909 y los días subsiguientes guardó discreto y respetuoso silencio sobre la muerte de un poeta de 27 años de edad y ojos azules que tras una cena opípara puso fin a su vida en un restaurante de la Manzana de Gómez, donde después estaría el Salón H.

René López, que en las antologías figura esencialmente por su poema “Barcos que pasan”, aunque escribió otros muchos y muy buenos, estudio en Barcelona y, de vuelta en la Habana, se dedicó al cultivo de las letras.

Una noche entró al ya aludido restaurante de la Manzana de Gómez. Comió como un príncipe y pidió un coñac para rematar la cena. Lo mezcló con el cianuro que llevaba en un frasquito y pidió la cuenta. Dijo al camarero que se la trajo:

- Dígale al dueño que esta comida la va a cobrar en el infierno.

Y tranquilamente se bebió el tósigo.

URBANO, EL FAKIR

Urbano Ribeira, un fakir que nació en Río de Janeiro, dio a fines de 1949 una demostración en los teatros habaneros Martí y Alcázar, permaneciendo veinticinco días encerrado en una urna de cristal sin comer ni beber. Luego fue a Santiago de Cuba, donde, para dar una prueba más de que no comía, se dio un punto en la boca. El punto se infectó y hubo que quitárselo.

Un dramaturgo llevó a la escena las hazañas de Urbano, mientras que el público, tanto en La Habana como en Santiago, se congregaba  a diario en torno a la urna y en las noches espiaba al fakir para saber si era cierto que no comía.

Urbano tenía a su esposa, la fakiresa Elvira, que hizo también un breve ayuno. Y para dar ambiente al espectáculo se repartía un folleto con los detalles de las largas estancias del sujeto en el Japón legendario, la India misteriosa, el Oriente remoto… lugares donde Urbano aprendió el arte de la abstinencia.

Fue así que un chusco comentó: ¡Ño…!  ¡Qué cosas tiene la vida! ¡Morirse de hambre  para ganarse el dinero de la comida!

VIRULILLA

En 1919, tras el fin de la I Guerra Mundial, el mercado cubano se vio inundado de telas de caqui y de mezclilla. Eran muy baratas y no había, por otra parte, mucho más para escoger. Tampoco había pajilla japonesa para confeccionar sombreros. Fue así que la imaginación del cubano creó una nueva moda: pantalones y faldas de caqui y camisas y blusas de mezclilla, mientras que los viejos y gastados sombreros, una vez mojados, se conformaban al gusto del consumidor y se pintaban con el color de su preferencia. Esa moda se llamó de virulilla y eran virulillas los que la usaban.

El teatro Alhambra registró el hecho. El 12 de enero de 1920 se estrenaba en el célebre coliseo de Consulado y Virtudes, con libreto de Federico Villoch y música de Jorge Anckermann, la obra titulada La alegría de la vida que, entre sus doce números musicales, daba entrada a las famosas coplas de Virulilla.

Virulilla, amara a tu gato, / si me araña, yo te lo mato. / Virulilla, amarra a Pepito, / si me besa,  yo te lo quito

Las cantaban Sergio Acebal y Alicia Rico y fue mucho el éxito que cosecharon con ellas. Y virulilla quedó en el lenguaje vernáculo como sinónimo de cosa chabacana, barriotera, insignificante. Pariente más o menos cercano de virgulilla, vocablo que la Academia de la Lengua Española define como cualquier rayita corta y muy delgada.

POTAJE

A mediados de los años veinte hubo en la idiosincrasia criolla una perceptible sacudida. Una voluntad de superación y cambio. Aparecieron las vanguardias artísticas,  las revistas quisieron ser  de avance, y el periódico El País insistió en entrar en la nueva onda: adquirió un avión Waco, descubierto, con el propósito de llevar a Santa Clara las matrices del diario a fin de tirar allí  la edición que se distribuiría en las provincias orientales. Fue una buena propaganda para El País que de inmediato agregó  un avión como fondo a su cabezal en letras góticas.

Para tripular el aparato que cada tarde debía arribar a la ciudad de Marta contrataron a un famoso corredor de automóviles y motocicletas, ganador de muchas competencias automovilísticas y vendedor estrella de vehículos de lujo. Era un gallego llamado Emiliano Solórzano, pero todos lo conocían por el sobrenombre de Potaje.

Pronto,  la fama del piloto creció como la espuma, tanto en los pueblos que sobrevolaba a diario, y donde hacía piruetas en el aire como saludo a sus admiradoras, como en la muy habanera zona de tolerancia de Colón, donde se sabía de los puntos que calzaba.

A la larga, la aventura del avión y la edición oriental del periódico no resultó costeable. Pero en el título de El País quedó la imagen del aparato y en la memoria popular el apodo de Potaje.

VIRUTA

Antes de la I Guerra Mundial, Pancho Hermida (La Discusión) era uno de los zares de la crítica teatral habanera junto con el Conde Kostia (La Lucha)  Amadís (El Mundo) y Zerep (El Triunfo). Cada noche Hermida hacía su recorrido por los teatros: Alhambra, Nacional, Payret, Martí, Albisu y Actualidades. Era una rutina invariable con estancias más o menos dilatadas donde hubiera un estreno o una peña interesante.

Una vez, al llegar a Alhambra, notó que lo seguía un perro sato, color canelo, con visibles señales de apetito, y le compró una frita en el café del propio teatro. Fue un acto simbólico que selló una amistad inquebrantable. Bautizaron al sato en Alhambra como Viruta, y Viruta cada noche, durante años, acompañó a Hermida en sus recorridos. Cuando Hermida murió, Viruta siguió haciendo solo su recorrido teatral hasta que un día pasó él mismo como un recuerdo más del retablo habanero. Viruta, el canelo sato farandulero.

Por Ciro Bianchi Ross

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