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Agua al dominó

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Si el béisbol es el deporte nacional de Cuba, el dominó es el pasatiempo preferido. Un cubano podrá confesar que nunca obtuvo buenas notas en física o que hizo trampas en el último informe que rindió a su jefe, pero jamás admitirá que es un mal jugador de dominó. Y es que el dominó solo tolera dos clases de jugadores: los que saben jugarlo y los creen que lo juegan. Alguien me dijo en una ocasión que, como el ajedrez, tenía categoría de juego ciencia. No hay que exagerar. Claro que detrás del acto aparentemente mecánico de colocar una ficha detrás de otra sobre el tablero hay siempre una estrategia.

Foto de juego de dominó

Juego de dominó. Foto tomada de Internet

Requiere, sí, de cierto grado de concentración, capacidad para observar  y de  mucha  retentiva por parte de cada uno de los jugadores para llevar en la mente tanto las jugadas de su pareja como de los contrarios. Un buen jugador de dominó espera siempre la ficha que pondrá quien le antecede en la jugada y sabe del aprieto en que se haya su compañero antes de que quede en evidencia. A juzgar por la gente que juega dominó y gana, no hay que ser ningún José Raúl Capablanca para hacerlo. Una técnica muy recurrida  es la de salir cuanto antes de las fichas más cargadas. A los que así proceden  se les llama “botagordas” y, por mucho que la suerte los acompañe, rara vez son buenos jugadores.

Si bien el dominó es un juego que transcurre en silencio –se dice que lo inventó un mudo- ha generado muchísimas expresiones y numerosos vocablos. Al acto de mover  las fichas en el tablero para que cada jugador tome las que les corresponde, se le llama “dar agua” y, por extensión, se  da agua al dominó  cuando se impone buscar una solución perentoria.  Una pareja da “pollona” a la pareja contraria cuando no permite que gane ninguna de las datas de un partido, que, por general, son a cien tantos y a veces a 150. Un  jugador “tranca” el juego cuando pone en la mesa una ficha agotada ya para el resto  de los jugadores;  “se agacha” cuando injustificadamente se queda con fichas del contrario y no se las da para que él mismo  las “mate”, y “domina” cuando “se pega” con su última ficha. Cada una de ellas  tiene su nombre. La uña,  el duque,  la trina,  el cuarteto,  Quintín, el sexteto,  el septeto, ocho mil y más murieron en la guerra,  la novilla y  la blancura. También se llama Octavio al 8 y Blanquizal de Jaruco al blanco.  El doble seis es “la caja de muerto”, la ficha más pesada del juego, la que, dicen muchos, resulta más difícil de colocar.  Es habitual que el jugador que inicia el juego lo haga con un doble; si no, hizo una salida “capicúa”. Cuando corresponde jugar a uno de los participantes y no lleva ficha para hacerlo, toca ligeramente la mesa y dice “paso”.

En Cuba lo juegan tanto los hombres como las mujeres, y el juego más generalizado es el de 55 fichas, aunque en la región oriental de la Isla gusta más el de 28. Se trata de un juego que enaltece el espíritu gregario. Permite estrechar lazos de amistad y conocer mejor a las personas. Pero no todos los partidos de dominó transcurren en un ámbito distendido. Mucho malestar causa que, al final de la data, uno de los jugadores se “vire” con el doble blanco. E incomoda al jugador que se le quede en la mano la ficha con la que pensó pegarse. La llamada Vieja del Doble Tres no soportó verse en una situación semejante y sufrió una trombosis cerebral  ante el mismo tablero.

Para inmortalizar el momento, sus deudos hicieron reproducir la partida en cuestión  sobre el mármol de la  losa del panteón donde la enterraron en la necrópolis habanera de Colón.  Solo que allí la señora logra colocar su ficha  y el doble tres sirve de jardinera a su tumba.

Se atribuye a los chinos la invención de este juego. Pero lo cierto es que en 1922 se encontró un dominó en la tumba de Tutankamón, que reinó en Egipto hacia el año 1325 antes de nuestra era, y se dice también que los primeros restos arqueológicos que con ese pasatiempo se relacionan proceden de Caldea y tienen cuatro mil años de antigüedad. De cualquier manera el dominó pasó  a Europa en el siglo XVIII y fue a mediados de esa centuria cuando los españoles lo introdujeron en Cuba.

Llegó para quedarse como la fabada asturiana, el vino tinto, el chorizo y el caldo gallego.

Por Ciro Bianchi Ross

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