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El negrito y el gallego

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Asistí, no sin dolor, a la muerte del negrito del teatro cubano. Había heredado de mi padre la admiración por aquel personaje popular. Siempre que hablaba de los negritos decía que Arquímedes Pous era el mejor. No tuve la oportunidad de verlo actuar.

El Gallego y El Negrito. Foto tomada de Internet

El Gallego y El Negrito. Foto tomada de Internet

Por mi pueblo pasaban las llamadas compañías y me fascinaba con las actuaciones de Bolito Landa, de El Criollito, y otras intérpretes de mediana categoría, mientras en La Habana se distinguía Sergio Acebál, abogado y actor, al que sólo alcancé a escuchar en la radio en un programa que compartía con César del Campo, intitulado Catuca y don Jaime. Aquel personaje, de rostro pintado con corcho quemado, fue mi favorito. Carlos Pous bailaba como nadie, sobretodo en una versión de los policías de tránsito en todo el mundo, de la que hacía una genial creación.

Leopoldo Fernández, Trespatines, fue el más simpático de todos los negritos, y sus improvisaciones o morcillas, junto con las de Acebál, todavía se repiten en los camerinos de los teatros. Enrique Arredondo último de los mohicanos, heredó toda la gracia de antecesores, y la paseó triunfal por la televisión con su inolvidable Cheo Malanga. Los dos Espígul, padre e hijo, inauguraron en su momento un nuevo estilo, sus sketchs chiflados, dejando grabado, para la historia, El espiritista, diálogo en que el negrito hablaba silbando todo el tiempo.

Mario Galí, Tachuela, el más humilde de todos, alcanzó los primeros tiempos de la televisión, con un originalísimo sentido del humor y su sencilla personalidad de cómico de la legua que todavía hoy me conmueve. Y aquel negrito de cuyo nombre no puedo acordarme, que terminaba de bailar la tumba con una pierna extendida, reclamándole al timbalero, en un alarde de gracia y doble sentido: “Dame el segundo toque a ver si se me endereza.” Y al baquetazo explosivo, dejaba caer la pierna, entre carcajadas y aplausos. Sin embargo, el más completo de todos, a mi juicio, fue Alberto Garrido, Chicharito, que en la radio Nacional y en el Teatro Martí constituyó con Federico Piñero, El gallego, la pareja más famosa de todos los tiempos.

Garrido, fruto legítimo del teatro, era hijo de un “negrito”. Según los que vieron actuar a su hijo, lo superó ampliamente. Bailaba con una gracia insuperable. Y no sólo tumba. En una obra que escribí para él, en la que hacía de torero, tenía que interpretar a un bailarín flamenco. Lo hacía con tal gracia que tenía que repetir el baile siete u ocho veces. Yo no había visto nunca a un bailarín flamenco. Años después, ya fallecido Garrido, nos visitó Antonio Gades. Lo vi bailar con Alicia Alonso, y sólo entonces, salvando las distancias, supe la clase de bailarín que era Garrido. Como torero, con el traje de luces, manejaba con elegancia digna de Silverio Pérez, la capota roja de las famosas faenas. Y cantando parodias estremecía el teatro.

En una obra que escribí para el Teatro Martí demoré su salida a escena con toda intención. No salía hasta el tercer cuadro. El respetable se impacientaba.

La trama avanzaba sin él. De pronto, de entre cajas, escuchó su voz, cantando: “Se acabaron los guapos en Yateras”. Fue el acabose. Más de quince minutos de aplausos, con el escenario vacío, hasta que el jefe de escena le ordenó salir a saludar y proseguir con la obra. Fueron dieciocho minutos más de aplausos ininterrumpidos. Quizás no será un récord Guinness, pero confieso que nunca he visto nada parecido.

En la radio, Garrido, que leía con mucha dificultad, solía saltarse los renglones y decir lo que le correspondía a Piñero. El Gallego, sin inmutarse, decía: “Eso mismo digo yo… eso mismo digo yo…”, y repetía la frase que a él le correspondía. De ese modo Garrido volvía a incorporarse al libreto.

Las improvisaciones o morcillas de Garrido fueron famosas. Es clásica su narración de las inundaciones provocadas por un ciclón que azotó La Habana.

Antonio Castells, el creador de Chicharito y Sopeira le había inventado una familia cuyos personajes aparecían en la narración de Garrido. Ninguno respondía a un intérprete. Sólo se hablaba de ellos en la trama. En aquellas inundaciones, Garrido narraba cómo su cuarto se llenó de agua, y él sacó a Monguito, su hijo, para salvarlo de morir ahogado. Se extendió en una simpática descripción de las peripecias en que se vio envuelto durante el paso del ciclón. En un momento determinado Piñero, que lo escuchaba atentamente, le preguntó: “Tú no traías a Monguito cargado, qué hiciste con él?” Garrido, que se había olvidado totalmente de su hijo, le respondió: “Se me había olvidado contarte que por la corriente de agua pasó un tibor flotando, monté a Monguito en el tibor y fue a parar a Luyanó a casa de Goya, su mamá, que estaba pasándose el día en casa de mi suegra”.

Quizás estas anécdotas y muchas otras, provoquen que todavía lamente la muerte de los “negritos” del teatro popular cubano, víctimas de los que creyeron ver en ellos un propósito de discriminación que el público cubano nunca vio.

Por Enrique Núñez Rodríguez

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