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Un toque de tambor difícilmente se olvida

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Confieso públicamente que cuando pasan varios días y no siento un toque de tambor, como se dice en Cuba a la fiesta religiosa en la cual los tambores africanos convocan a las deidades, siento eso que algunos llaman añoranza, y no es que practique alguna religión de origen africano.

Un toque de tambor difícilmente se olvida

Un toque de tambor difícilmente se olvida. Foto tomada de internet

Sucede que el patio de mi apartamento colinda con otro donde acostumbran a celebrar fiestas religiosas. Desde el puedo ver a las personas vestidas con sus atuendos, y escuchar conversaciones que no sobrepasan el volumen común de una tertulia entre devotos y devotas. Sólo el toque de los batá trasciende el ruido cotidiano de la bullanguera Habana.

Entonces suelto mi fantasía  e imagino (porque la cerca de los arbustos no me deja observar plenamente) cómo al contagioso repiqueteo de los cueros despierta el ritmo de los bailadores.

Son los batá tres tambores usados en ceremonias que en la Isla practicaron los lucumís o yorubas que vinieron desde lo más intrincado del continente africano, legándoles los secretos a sus descendientes criollos. Constituyen  la verdadera orquesta del templo yoruba. El más pequeño se llama Okónkolo, el mediano Itóteles y el mayor Iyá.

¿Cuánto tiempo ha pasado para que los tambores salieran a la publicidad?

El tambor fue un instrumentos para negros o mestizos, sólo se utilizaba en las ceremonias religiosas de los esclavos, durante el dominio español, luego salieron a las procesiones públicas pero hasta la primera mitad del siglo XX fueron los llamados”hombres de color” quienes portaban esos instrumentos. Claro, de color somos todos los seres humanos. Unos Negros, otros blancos, otros cobrizos y otros amarillosos.

Escuchar ese toque e imaginar que los celebrantes lo hacen por la salud de un enfermo, o por alguien que se inicia en la regla es algo mágico.

Pero también confieso públicamente que el toque de tambor que realmente me retiene es el que escuchaba de niña desde un barrio de haitianos a unos dos kilómetros de mi casa, allá por la Bahía de Nipe, en la hoy provincia de Holguín, donde antaño inmigraron muchos haitianos para laborar en las plantaciones cañeras.  Con ellos llegó la  religión vodú,  desconocida en Cuba en esa época lejana, pero que contenía un complejo danzario, musical, culinario y arquitectónico muy rico.

Para los vuduistas, la muerte, como la vida, va más allá de los límites temporales del cuerpo. Cuando se muere se va a disfrutar por lo que en los velorios podría escuchar usted ese toque de tambor  que es difícil, una vez percibido, olvidar. Mezcla de tristeza, dolor y esperanza.

Tambores Batá: Okónkolo, Iyá, Itótele

Tambores Batá: Okónkolo, Iyá, Itótele. Foto tomada de Internet

Nunca supe el nombre de los tambores.

Buscando datos encuentro en el diccionario de la música cubana del acucioso musicólogo Elio Orovio, que llegaron a Cuba a finales del siglo XVIII  tambores denominados Redublé,  Sécond y Bulá, en las sacas de haitianos, que aquí llamaron franceses. Esos instrumentos de percusión  forman parte de las llamadas Tumbas Francesas, en el oriente de la República de Cuba.

Lo cierto es que si escucha los tambores de un toque de santo de los lucumís o yorubas, o de los practicantes del vodú, su oído seguro marcará la diferencia. Aunque los tamboreros estén en el fondo de una cueva, el encanto del sonar viaja en las alas hechizadas de la brisa.

Para mi gusto personal me quedo con esa mezcla de tristeza, dolor y esperanza del rito Vodú.

Por Ana Maura Carbó

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