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La fuga espectacular de Evangelina Cossío

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Fue, mírese como se mire, una acción audaz, si bien no puede deslindarse de la implacable campaña orquestada por cierta prensa norteamericana para apurar la intervención militar de Estados Unidos en la guerra que Cuba libraba contra España.

Evangelina Cossio, conocida en el mundo como la Juana de Arco de América.

Evangelina Cossio, conocida en el mundo como la Juana de Arco de América. Foto Internet

En la noche del 7 de octubre de 1897, un periodista del New York Journal, una de las tantas publicaciones  del magnate William Randolph Hearst, propició la fuga de Evangelina Cossío Cisneros de la Casa de Recogidas de La Habana. Allí aguardaba su traslado a Ceuta, en África, donde debía cumplir una condena de veinte años de cárcel. Eran los tiempos del sanguinario gobernador Valeriano Weyler, y la muchacha, de belleza extraordinaria, fue conocida en el mundo como la Juana de Arco de América.

El complot pinero

Un tiempo antes ella se había involucrado en un complot que se proponía la captura del jefe militar de la Isla de Pinos y la proclamación de la independencia de ese territorio. Acto seguido se atacaría el cuartel de caballería de Nueva Gerona, la cuidad capital de esa isla, y, con las armas ocupadas en la instalación, una parte de los amotinados abordarían un cañonero a fin de trasladarse a la isla grande y sumarse a las fuerzas del Ejército Libertador. Muchos pineros y unos trescientos presos y deportados políticos, entre los que se encontraba el padre de Evangelina Cossío, participaban en la temeraria acción y la muchacha de diecisiete años de edad era una pieza clave en los hechos pues debía atraer a su casa, como en efecto hizo, al jefe español para que lo retuvieran.

El enamoradizo coronel José Bérriz fue capturado y el golpe transcurrió con éxito, pero una traición impidió que se consumara. Siguió a esto unan severa represión y Bérriz, que había llegado a creerse el interés que le fingía Evangelina, se ensañó con ella. La sometieron a consejo de guerra y la condenaron.

Hearst, en su empeño de precipitar la intervención del vacilante presidente Mckinley en la guerra cubana y en su interés por destronar a su rival Joseph Pulitzer, editor y propietario del New York World, vio los cielos abiertos al enterarse del caso de Evangelina y exclamó complacido: “Ahora la tenemos donde queríamos. Hay que iniciar un movimiento de protesta a escala internacional. ¡Ni un solo ojo puede quedarse sin llorar!”.

Y ahí mismo comenzó la campaña del New York Journal a favor de una “delicada e inocente joven, educada en un convento, a la que los esbirros españoles amenazan con un futuro peor que la muerte”, y la campaña dio frutos inmediatos: se creó en Estados Unidos un Comité Pro Evangelina Cossío, que encabezó la Primera Dama de la nación, y se recogieron 200 000 firmas que, en reclamo de la libertad de la muchacha, se remitieron al Papa, a fin de lograr por su conducto la clemencia de la reina María Cristina, de España, quien siquiera se dignó a responder.

Las informaciones sobre Evangelina Cossío ocupaban grandes titulares en los periódicos de Hearst y en especial en el Journal. En ellas se insistía en que la mantenían descalza y semidesnuda en la Casa de Recogidas, mal alimentada y sometida a las atrocidades más horribles y a un trato inmoral. Todo eso era falso y lo desmintió oportunamente, sin que Hearst le hiciera caso, el general Fitzhugh Lee, cónsul norteamericano en La Habana, quien, además, insistía en que la joven había participado, como ella misma reconoció, en el levantamiento de la Isla de Pinos.

Hearst no soltaba prenda y cada mañana en sus periódicos echaba leña nueva al fuego de aquella historia en la que mezclaba la verdad y la mentira. Quería hacerla vivir durante el mayor tiempo posible y subió la parada cuando encargó a uno de sus corresponsales especiales que se trasladara a La Habana y sacara de la cárcel, a como fuera, a Evangelina Cossío.

Láudano en el café

Karl Decker, el periodista escogido por Hearst, llegó a la capital cubana y se alojó en el hotel Inglaterra, el preferido entonces por los corresponsales extranjeros. Le echó un vistazo a la Casa de Recogidas y consiguió, gracias al soborno, entrevistarse con Evangelina, a la que dio a entender lo que tramaba. Pronto se topó con dos hombres dispuestos a secundarlo, Tom Mallory, un irlandés aventurero, y el cubano Miguel Hernandón, a los que se sumarían Carlos Carbonell, que escondería a Evangelina en su casa, y un imprescindible cochero.

El traslado de la muchacha a Ceuta parecía inminente, el tiempo apremiaba y Decker, desesperado, concibió una acción descabellada: acudió a la Casa de Recogidas dispuesto a sacar a Evangelina de su celda a punta de pistola, pero esa vez ni siquiera le permitieron entrar en el establecimiento penitenciario.

Mallory  entonces propuso dinamitar una de sus paredes y la idea se desechó enseguida porque la explosión hubiera atraído al lugar a una numerosa tropa. En eso se recibió un mensaje de Evangelina: estaba recluida en una celda de la segunda planta del edificio y el calabozo tenía una ventana con barrotes que daba a la azotea. Había una casa deshabitada a un costado de las Recogidas, un inmueble de dos pisos, cuya azotea quedaba aproximadamente al mismo nivel de la de la cárcel, de la que lo separaba solo un callejón estrecho, y Decker, que tenía fondos ilimitados para la aventura, no vaciló en alquilarla.

El periodista y su grupo procederían así: pasarían de una azotea a otra gracias a una escalera de mano que tenderían entre los muros de ambos edificios. Un mensaje a Evangelina la instruyó para que estuviera preparada en la medianoche del día 6 de octubre, y ella respondió que lo estaría y avisó que desde tres días antes, con unas gotas de láudano que adicionaba al café, ponía a dormir temprano a sus compañeras de celda y al custodio que velaba junto a ella.

A bombo Y Platillo

La escalera resultó no tener el largo suficiente y quedó apoyada en solo tres o cuatro pulgadas de los muros. Hernandón, haciendo maromas, pasó el primero, y luego lo hicieron en periodista y el irlandés. A gatas llegaron a la ventana de la celda donde Evangelina esperaba al borde del ataque de nervios. Los barrotes que debían aserrar eran más gruesos y resistentes de lo que suponían y todos se aferraron a uno de ellos y con todas sus fuerzas consiguieron doblarlo para abrir el pequeño espacio por donde, a duras penas, pasó Evangelina.

El cruce de un edificio a otro fue riesgoso para la muchacha, pero Hernandón, que volvió a abrir el camino, hizo prodigios de equilibrio, se sostuvo en el extremo y la ayudó en el tránsito. Ya en el interior de la casa, los hombres bebieron una copa de brandy y Hernandón acompañó a Evangelina hasta el coche que la aguardaba a unas tres cuadras de distancia y que la trasladaría hasta la casa de Carbonell. Despuntaba la mañana del 7 de octubre.

Pocos días después, vestida de hombre y con la abundante cabellera oculta en el sombrero, Evangelina Cossío Cisneros abordaba el vapor Séneca que la llevaría a Estados Unidos. Carbonell discretamente la seguía de cerca, y Decker, sentado a una mesa del café de Luz, vio deslizarse el paquebote hasta el canal del puerto. Al día siguiente el periodista escapaba a Panamá.

Evangelina fue recibida en Estados Unidos con bombos y platillos. Miles de personas la aclamaron en Nueva York y se le hizo una recepción grandiosa en Madison Square.  El Presidente la recibió en la Casa Blanca  y la agasajaron en el Congreso y las familias más conspicuas. Cien mil monedas de plata –de 5, 10 y 25 dólares- se fundieron en su honor, como souvenir. Hearst aseveró: “¡Un periódico norteamericano logra con un golpe lo que no pudo la diplomacia de Estados Unidos!”

Allí Evangelina Cossío se casó, en primera nupcias, con Carlos Carbonell, que, ya en la República, fundó el Club Náutico de Marianao. En los años cincuenta del siglo pasado todavía vivía, pero la existencia no parecía haberle sonreído a juzgar por lo modesto de su morada en La Habana vieja. En una entrevista que concedió en esa época confesó su añoranza por el pasado y su esperanza de un porvenir mejor para Cuba.

Por Ciro Bianchi Ross

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