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La canción de Martí

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Corría el año 1891, José Martí se encontraba envuelto en la tarea de reunir fondos para la organización de la guerra. Visitaba las tabaquerías de Jacksonville, Tampa, Ibor City y Cayo Hueso donde se reunía con los obreros tabaqueros emigrados. Encendía su patriotismo con su verbo elocuente. Como una chispa prendía en los corazones de aquellos patriotas la llama de la libertad.

José Martí en Tampa

José Martí en Tampa. Foto tomada de Internet

Encontrándose reunido en una tabaquería de Ibor City, conoció a un tabaquero cubano llamado Benito O´Hallorans, aficionado a la música. Cuando concluyó la reunión O´Hallorans le pidió a Martí que escribiera unos versos para ponerle música. Martí, en una mesa de mármol escribió:

Cuando proscripto en extranjero suelo

La dulce patria de mi amor soñé

Su luz buscaba en el azul del cielo

Y allí su nombre refulgente hallé.

Perpetuo soñador que no consigo

El bien ansiado que entre sueños vi.

Siempre dulce esperanza va conmigo

Y allí estará en mi tumba junto a mí.

O´Hallorans ese mismo día musicalizó aquellos versos a los que tituló El proscripto, aunque todos comenzaron a llamarle La canción del Delegado. Recordemos que Martí era el Delegado del Partido Revolucionario Cubano.

Benito O´Hallorans conocía a una niña cubana llamada María Granados la cual cantaba muy bien y decidió enseñarle esa canción para que la cantara en una velada en honor al patriota cubano Ramón Rivero donde asistiría Martí.

Así fue y contaba María Granados (1) que cuando terminó de cantar Martí se levantó, se acercó a la plataforma donde ella estaba y la besó en la frente. Después la sentó a su lado.

La canción se hizo famosa. Se cantaba sobre todo en los talleres de las tabaquerías donde trabajaban los cubanos emigrados. Nunca se transcribió. La letra y la música las aprendían los trovadores escuchándola cantar. Con el tiempo pasó al olvido. La Guerra de 1895, convocada con Martí, trajo a Cuba a muchos de aquellos tabaqueros. Algunos perecieron en los campos de batalla. Otros se radicaron en Cuba. En la Habana fundaron una barriada a la que pusieron nostálgicamente el nombre de Cayo Hueso.

Pasaron muchos años. Un domingo por la tarde en la famosa Peña de Sirique que se celebraba dominicalmente en el taller de herrería de Alfredo González Suazo (Sirique) en el Cerro estaban congregados cientos de amantes de la música cubana y especialmente de la trova.

En uno de aquellos memorables momentos en que desfilaban por el escenario los trovadores Sirique, con voz atronadora anunció: “Y ahora le presentamos a la trovadora María Granados que con el guitarrista Nené Enrizo cantará la canción El Proscripto escrita por José Martí”…

De inmediato de entre el público se levantó una ágil jovencita de 86 años que escaló sin ayuda las escaleras del escenario. Vestía impecablemente de blanco, y adornaba sus cabellos también como el alba, un ramillete de fragantes jazmines. A su lado tomó asiento con su guitarra el maestro Enrizo. Se hizo silencio, y la voz de María Granados acarició el espacio. La guitarra entonaba un aire de criolla pero con acentos del siglo XIX, tal como era la música de aquellos años. La voz de María Granados era de una pureza sorprendente, como la de una jovencita veinteañera.

Cuando terminó de cantar y cesaron los aplausos me acerqué a ella para felicitarla, y al mismo tiempo solicitarle una entrevista. Se sonrió amablemente y me citó para el día siguiente en su apartamento donde residía en el callejón de H Upman en Centro Habana.

El trovador Ángel Díaz, padre del luego famoso trovador Angelito Díaz que se encontraba a su lado, se ofreció para acompañarme. Acepté con gusto. Me acompañó para las imprescindibles fotos el fotógrafo de la Revista Cuba Nicolás Delgado. En aquel memorable encuentro María Granados me narró los acontecimientos que aquí narro. Más tarde fueron recogidos por  Ana Núñez Machín en su libro citado.

Volví a ver y escuchar cantar a María Granados muchas otras veces en la peña de Sirique y en un programa radial que teníamos en la emisora Radio Rebelde, el periodista y locutor Luís Grau, Alberto Muguercia y quien escribe esta crónica.

En la noche del 28 de enero de 1971, María Granados asistió a la puesta de una obra teatral escrita por ella en homenaje a José Martí, que presentaron niños del barrio La Lisa en Marianao, organizada por la Defensa Civil.

María se emocionó mucho. Al llegar a su casa se sintió mal y en la madrugada del siguiente día 29 de enero de 1971 falleció víctima de un infarto cardiaco. Contaba al morir 91 años de edad.

En el Cementerio Colón, en La Habana, el guitarrista Nené Enrizo tocó la música de El Proscripto. Nadie cantó. Le pregunté al maestro Enrizo si esa música estaba escrita y me respondió: Yo no se escribir música, solamente toco.

Me preocupó la idea de que cuando falleciera el guitarrista, que era el único que se sabía aquella música, desapareciera totalmente la canción escrita por Martí. Con aquella preocupación un día fui al Museo Nacional de la Música y le solicité ayuda para trascribir la canción al eminente musicólogo Hilario González.

Una mañana nos dirigimos a casa del maestro Nené Enrizo, en la calle Hospital casi esquina a San Lázaro. Enrizo se alegró de poder contribuir a salvar la música de aquella histórica canción y gustosamente accedió a interpretarla. Hilario González escuchó atentamente y le solicitó que volviera a interpretarla. Esta vez acomodó en una mesa varios papeles pautados y en la medida que Enrizo acometía los acordes de la canción él los copiaba. Repitió Enrizo la música e Hilario observó lo escrito. “Ya está” me dijo satisfecho. Luego la pasó en limpio y cuando me llamó para preguntarme que haría con aquella transcripción le dije: Déjala en el museo que es allí donde debe estar.

Y allí está conservada la música y la letra de El Proscripto, los únicos versos que escribió Martí especialmente para que fueran musicalizados.

Por Lino Betancourt

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