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Un Don Quijote en la Sierra del Arzobispo

 

Por: Francisco Martínez Chao

 

La Habana, Cuba.- Al igual que en cualquier sitio del globo terráqueo, la Sierra del Arzobispo tuvo y tiene personajes populares, esos hidalgos sin Rocinantes y Escuderos, encargados de colorear el quehacer cotidiano en cada pueblo.

El más autentico fue Diego, El Colorao.

A unos 40 metros sobre el nivel del mar La Sierrita, como la nombran los lugareños, es un asentamiento urbano del municipio costero de Santa Cruz del Norte, distante a unos 35 kilómetros al Este  de la capital.  Su calle principal corre paralela a la faja marina, y sus casas están construidas de tablas machihembradas y tejas francesas.

Unos dicen que sus primeros habitantes eran dos familias de Islas Canarias y un larguirucho y soñador paisano de Santiago de Compostela. Otros, atestiguan que era Diego, El Colorao, quien llegó unos días después de los Hernández y los Sanabrias, en el ocaso del lejano año de 1899.

El Diego era muy alto, magro de carnes y lucía una tupida barba negra, que con el tiempo encaneció hasta teñirse de rojo, el color de la tierra de su finquita. Poquísimas veces el isleño se fregó con jabón, es decir, casi nunca se bañó en su azarosa vida, salvo los días de pascuas.

Y así, con olor a monte y al carbón que vendía a 20 centavos la saca, desandaba por el pueblo con el macuto terciado a la espalda y la humeante pipa en la boca. Solamente abandonaba su refugio cuando necesitaba comprar víveres en la bodega del gallego Merallo, o para beber una copa con anisado en la mercería de Alcibíades.
A su paso, los muchachos le pedían que cantara unas coplas, y Diego, si mirar a sus interlocutores les complacía, en buen gallego.

Vivió en una bohemia choza en la cima de una lomita con vista a la mar. Al caer la tarde se recostaba en el taburete para mirar al sol e intimar con el horizonte marino, mientras tocaba la gaita con aires nostálgicos.

En la Coruña querida quedó la Asunta, en el villorrio de San Claudio. La pobreza y el destino les jugaron una mala pasada a ambos, porque la jovenzuela nunca pudo embarcarse para Cuba para reunirse con su Diego.

Pasó el tiempo y un día de febrero de 1954, a los 78 años de edad, los ojos azules de este Quijote de la Añoranza, quedaron petrificados en la línea del horizonte. Le encontraron recostado al asiento con la pipa aún en los labios.

La gente, en silencio le acompañó hasta el camposanto de San Matías. El sepulturero, tras la última paletada de tierra colocó junto a la cruz de madera la vieja gaita.


( 02.02.2010 11:30 AM )
 
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